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Nos exalta lo nuevo y nos enamora lo viejo

Puede ser que las preguntas ¿qué es un libro digital? y ¿por qué lo seguimos llamando libro? generen actualmente, en muchos de nosotros, un cierto desconcierto por razones diversas, y susciten una serie de respuestas en forma de otras preguntas como: ¿por qué al libro digital no deberíamos llamarlo libro?, ¿qué tiene de diferente un libro digital de un libro físico?, ¿qué leo cuando leo un libro digital si no unos contenidos que encuentro exactamente iguales en un libro físico ?, etc. Y ya tenemos el debate servido.

En la era digital, y ante estas preguntas, podemos encontrar respuestas que vayan en la línea de que un libro digital no es un libro porque que un libro es un objeto físico que se puede mirar (se mira la cubierta, el diseño, los colores, el color del papel, el tamaño de la letra, el de los márgenes, miramos como queda expuesto en la librería junto con otros libros, etc.), se puede tocar (aquí entran en juego elementos como el gramaje de la cubierta y de las páginas, el tipo de papel, etc.) e incluso se puede oler (¿quién no ha olido nunca libros de texto a inicios de septiembre?). En este marco de pensamiento, el libro digital es como una herejía, un anticristo del placer de leer viendo, tocando y oliendo; es un «malhechor de la cultura». Si, además, el libro digital se vende en Amazon, ya podemos en ir pensando en cambiar de planeta porque una parte de la élite (por decirlo de una manera exagerada) de los intelectuales de nuestro país gritará enfurecida ¡que le corten la cabeza!

El contexto en el que, a día de hoy, nos sitúan hechos como la revolución digital, la convergencia cultural y la remediación, hace posible tener a disposición una realidad-virtual-libro con unos contenidos idénticos a los que contiene la tradicional realidad- física-libro, pero que ni se puede oler ni tocar, sino sólo mirar (en cuanto herramienta que, en el ejercicio de lectura, necesita ser vista para ser leída). Así las cosas, si entendemos que el libro digital reproduce exactamente el contenido del libro físico, ¿por qué, entonces, no llamarlo libro? ¿O deberíamos llamarlo sólo remediación? ¿O remediación-de-libro?

La comparación de la crisis que vive el libro físico con la revolución vivida en el mundo de la música es frecuente. El paso de los vinilos a los casetes primero, y de los casetes a los CDs después, no tiene nada que ver con el cambio de paradigma que supone evolucionar hasta un escenario en el que el consumo de música se hace a través de plataformas musicales, en streaming, y con la posibilidad de escoger canciones de una en una, etc. Ahora bien, el CD ni se mira (excepto para extraerlo de la caja y colocarlo dentro del reproductor), ni se huele, ni se toca (excepto para extraerlo de la caja y colocarlo dentro del reproductor); no se puede jugar con sus medidas ni hacer tetris de colores en las estanterías de la librería de casa para disfrutar de ellos como objetos físicos continentes de un contenido que los hace susceptibles de contemplación. Esto significa que, aunque parece que a la larga no tenga sentido seguir imprimiendo novelas, libros de poesía o libros de cuentos, este hecho debería tomar el sentido que el consumidor quiera darle. Sin embargo, que seguir imprimiendo según qué tipo de libros en la era de la convergencia cultural no responda a cuestiones pragmáticas queda claro en las palabras de Ferran Adell:

La mayoría de estas posiciones, sin embargo, se basan en sentimientos y no en argumentos sólidos, se construyen sobre la asociación de lo digital con la destrucción del humanismo y de la cultura tal y como la conocíamos. (ADELL ESPAÑOL, Ferran, Edición en EPUB, Barcelona: UOC, 2016).

Por lo tanto, mientras haya lectores que prefieran ir con un libro físico bajo el brazo, o prefieran complementar la experiencia de la lectura con la del tacto al pasar las páginas, o mantener el hábito (o ritual) de entrar en una librería y sumergirse en el océano de estanterías de libros físicos para acabar escogiendo alguno antes de salir; mientras continúe pasando todo esto, los libros físicos no desaparecerán y habrá lectores (y editores) que preferirán el objeto real al virtual.

El modelo editorial mayoritario basa su negocio en una cadena compleja y pesada de elementos que el modelo editorial digital se ahorra: la impresión, la distribución física, la venta en un espacio físico, etc. Entrar a formar parte de esta cadena, para una editorial de nueva creación que se conforme con tener un éxito más o menos modesto, es complicado: para que las impresiones empiecen a ser rentables hay que hacer tiradas largas y hay que tener un catálogo bastante atractivo o mínimamente numeroso para que las distribuidoras quieran distribuir los ejemplares. Y, sobre todo, sería recomendable que el total de los libros impresos se vendieran porque, de otro modo, entre los costes de impresión (no on demand) y el porcentaje que la distribuidora y la librería retienen, no se cubren los gastos de impresión y el ejemplar no da ganancias, o estas son muy escasas. Sin contar que los ejemplares de libros que no se acabarán vendiendo volverán de la librería a la distribuidora y de allí a una incineradora o similar, para su destrucción.

En el modelo digital, en cambio, la editorial se ahorra los gastos de impresión de una cantidad de libros que no se venderán (porque en estos momentos la oferta es superior a la demanda) y que, como consecuencia, producirán gastos pero no beneficios. Por tanto, desde este punto de vista, el modelo digital puede ser más atractivo si es que la editorial (o el editor) logra despegarse de sus sentimientos respecto al libro físico y del placer que producir un producto así reporta.

El pasado mes de marzo el blog Dosdoce.com publicaba las conclusiones sobre las tendencias en el mundo del libro digital en España durante el año 2018 (https://www.dosdoce.com/2019/03/26/las-plataformas-de-subscripcion-representan-el-17-de-las-ventas-digitales-de-las-editoriales-espanolas-y-de-america-latina/). Según el artículo se puede inferir que el mundo del libro físico quizás está evolucionando hacia un tipo de edición que hace incrementar el precio de venta de la unidad y, aunque el número de ventas haya disminuido, los ingresos han aumentado (¿los consumidores de los libros físicos están dispuestos a pagar más por el objeto?). Por otra parte, queda claro que España aún no está preparada para el libro digital dado que no sólo no aumenta el número de libros digitales producidos y vendidos en territorio español sino que baja dos puntos. Por último, se constata que la convergencia cultural expande el concepto de «consumición de libros» abriendo la posibilidad al nuevo paradigma de consumición que sigue el modelo musical de las plataformas de suscripción, donde ya no es que el libro digital se venda como «objeto virtual » que se puede conservar en un lector de libros digitales, sino que, incluso, se alquila su uso y disfrute durante el tiempo que dura la suscripción.

Aparte de lo que significa la irrupción del libro digital para el mundo editorial y para los sentimientos y pasiones que genera el libro físico, no debemos perder de vista que, en el contexto de la convergencia cultural, las editoriales tienen a su alcance otras herramientas de difusión de contenidos culturales como el audiolibro. Aunque el negocio que la venta de audiolibros genera en el mercado español no es comparable con el que se genera en los países anglosajones, parece que en España va aumentando poco a poco el consumo de este producto. Según el informe de Dosdoce, en el 2019 se debería haber superado el listón de los 10.000 libros producidos en castellano. Y en 2018 la venta de audiolibros generaba casi 5 millones de euros en España.

Aunque el audiolibro no llega con el estigma del libro digital porque no se le puede considerar libro (ni se toca ni se mira ni se huele, pero, sobre todo, no se lee), esta una herramienta a la que le cuesta aún emprender el vuelo, y hay muchas editoriales tradicionales que muestran reticencias a la hora de publicar audiolibros de sus best sellers por considerar que su venta podría provocar un descenso de las ventas de libros físicos (o porque, sencillamente, puede que no se les considere «objetos» lo bastante preciados).

En todo este conjunto de posibilidades y «contraposibilidades» que supone estar en los inicios de una revolución que no sabemos dónde nos llevará (si es que nos tiene que llevar a algún lugar, porque quizás lo que es realmente revolucionario es el hecho de ir avanzando inmersos en una maraña constante de novedades y de adaptaciones y readaptaciones de lo antiguo), deberíamos, en cualquier caso, confesar honestamente de qué estamos hablando: si de difusión de la cultura como idea de negocio, o de negocio que limita la difusión de la cultura. Seguramente ser honesto no es fácil, y existe la dificultad añadida de tener que tener en cuenta los sentimientos de las personas. Porque, ¿a quién no le produce placer el sonido de las páginas de un libro cuando se hacen pasar de golpe, con el dedo gordo, de la primera a la última? ¿Quiénes, de los que siempre han olido los libros nuevos, dejarán de hacerlo? ¿Quién dejará de enamorarse de cubiertas y formatos, de texturas y de fuentes? ¿Quién dejará de querer exhibir sus tesoros en su librería?

A nosotros nos exalta lo nuevo y nos enamora lo viejo (como al poeta catalán) e intentar abarcar estas tres esferas, en tres idiomas, es nuestra filigrana.